Juro decir la verdad

El tiempo ya no es lineal cuando evalúo su presencia en mi vida. 

O al menos no cuando veo de frente a la esencia de lo que significa que esté.

Pues no es aquel que una vez fue niño y ahora es un hombre. Es el niño, el adolescente y el adulto a la vez.  Prefiero verlo así pues no podría elegir en qué momento de su vida me ha cautivado más, ni tampoco en qué momento de la mía. Lo ví crecer, es verdad. Como humano y un punto en el espacio que se alarga, se mueve de un lado para llegar a otro.  Sin embargo, como ideal es atemporal. Como toda idea que no se preocupa por la realidad, que se le escapa al tiempo y se impone.

Lo vi de lejos cuando él tenía catorce y era jugador de basquetbol. 

Le escribía en messenger pero no nos entendíamos. Yo tenía once.  

Escuche de él cuando ya tenía diecisiete y una banda de garage.  

Le contaba chistes que ni siquiera a mi me hacían reír. Mi padre tenía una bella guitarra.

Hable realmente con él cuando tenía veintiuno y una banda de folk. 

Y yo ya no era una niña

Nos entendimos, compartimos, reímos

Toqué para él, tocó para mí

          Me dijo lo mucho que le gustaba mi voz y entonces yo le dije 

                                           Toda la verdad 

                     Que él fue la razón por la cual comencé a tocar

                                                         (…)

Bautizó aquella confesión como “la historia tan extraña que pasó hace mucho tiempo” y siguió con su música, su mundo, su vida.  Y yo seguí con la música, que ya había hecho mía. Mi mundo, que ya había tenido un sinfín de matices.  Y mi vida, que ya me había llevado a conocer el cariño palpable. 

Él es lo que existe antes del primer amor y lo que hay luego del último; cuando ya te has hartado de todo y de todos, incluso de ti misma. Cuando ya no te crees capaz de sentirte realmente atraída por alguien, así que vuelves atrás. Diez u once años atrás, a la primera vez que tu corazón saltó y ya nunca se pudo mantener quieto. Al menos no al pensar en él.

Vuelves atrás y coges la llave que abre la cosa más importante: los primeros deseos y anhelos que tuviste cuando eras niña. Y entonces, de pronto notas que puedes sentir despertar cada parte de tu cuerpo, las emociones te golpean y se transforman en palabras que salen de tus entrañas y cosquillean tus manos para que las escribas. 

Tienes ganas de voltear el mundo solo para verle de frente una vez más. Ver al niño, al adolescente, al adulto. Pero sabes que ni siquiera lo intentarás.

     Pues él es una manera de sentir, sin ser sentida y no resentir por ello. 

Realmente no necesitas de su presencia física para que el ideal vuelva a hacerte temblar.  En el fondo sabes que nunca se trato de él, sino de los matices que tenía la vida buscándolo.

Y encontrándolo en su música, en los árboles, en tu imaginación.

Sabes que el tiempo seguirá su curso, pues fuera de tu mente sí es lineal. Un día se casará, será el padre de alguien y la imagen de las fotos que ves hoy ya no será igual. 

Pero cuando mueras, el ideal dejará tu alma y atrapará a otra niña, que en alguna parte del mundo comienza a sentir en sus entrañas a alguien que un día vío a lo lejos. 


Esa es toda mi verdad


                               Y nada más que (mi) verdad